Charles Bukowski

 sabía que a veces vivir se parece demasiado a insistir

Hay días —muchos— en los que la vida parece haber transcurrido en vano.

No como tragedia, sino como desgaste.

Como una sucesión de mañanas que se parecen demasiado entre sí, de esfuerzos que no siempre dejan huella, de noches donde el cansancio pesa más que el sentido.

No es tristeza.

Es algo más incómodo: lucidez sin consuelo.

La idea del yo se sienta a observarse como quien mira un vaso vacío y se pregunta si alguna vez estuvo lleno o si solo aprendió a llamarlo así. No hay épica. Hay rutina. Hay pensamiento. Hay una sospecha constante de que todo este movimiento podría no haber servido para nada.

Y aun así, se sigue.

Porque detenerse sería peor.

Los horizontes existen para que uno no se quede quieto

A veces los horizontes parecen infinitos.

Promesas extendidas, líneas que nunca se alcanzan.

Se sabe que no están hechos para llegar, sino para mantener el cuerpo en movimiento.

Ahí aparece la trampa: creer que algún día se llegará.

Que habrá un punto final donde todo tenga sentido, donde el cansancio se justifique, donde el vacío se calme.

No.

Los horizontes no están para cumplirse.

Están para evitar la parálisis.

Como decía Eduardo Galeano con la utopía: sirve para caminar.

Y caminar, aunque duela, es preferible a pudrirse quieto.

El yo como construcción defectuosa

Desde un lugar más incómodo —más clínico— aparece Jacques Lacan susurrando que el yo no es más que una ficción mal armada. Un reflejo. Una imagen sostenida con alfileres frente al espejo del otro.

El problema no es sentirse perdido.

El problema es descubrir que nunca hubo un centro sólido.

El deseo no nace limpio.

Nace torcido, prestado, contaminado por lo que se espera, por lo que falta, por lo que nunca se tuvo.

Y entonces la vida se convierte en una persecución constante de algo que no sabe nombrarse, pero que duele cuando no está.

Por eso el cansancio.

Por eso la sensación de haber vivido mucho y, al mismo tiempo, no haber llegado a ninguna parte.

Vivir no garantiza sentido

Nadie prometió que vivir otorgara significado.

Solo continuidad.

La idea del yo aprende esto tarde:

que levantarse todos los días, cumplir, avanzar, resistir, no garantiza plenitud.

Solo garantiza que el cuerpo siga funcionando.

Y hay una honestidad brutal en aceptarlo.

Porque cuando se cae la ilusión del sentido automático, aparece algo más crudo pero más real: la elección consciente de seguir, aun sin promesa.

No todo vacío es fracaso

Hay vacíos que no piden llenarse.

Piden ser reconocidos.

El error está en creer que sentirse así es señal de derrota.

No lo es.

Es señal de que ya no se compra el discurso fácil.

Que la vida a veces parezca vana no significa que lo sea.

Significa que ya no se miente uno mismo.

Y esa es una forma de madurez que no se celebra en redes ni se imprime en diplomas.

Cierre sin anestesia

La idea del yo camina sin garantía.

Sabiendo que los horizontes no son metas, sino excusas para avanzar.

Que las utopías no se alcanzan, pero empujan.

Que el deseo nunca se satisface del todo.

Y que vivir no siempre recompensa.

Pero también sabiendo esto:

seguir pensando, seguir caminando, seguir escribiendo —aunque a veces parezca inútil—

es preferible a rendirse al silencio cómodo.

No hay moraleja.

Hay conciencia.

Y a veces, eso es lo único que mantiene vivo al cuerpo que camina.

Deja un comentario