Digo lo que pienso y me hago cargo de lo que digo.
No hablo para agradar ni para provocar aplausos fáciles. Hablo porque el silencio también es una forma de complicidad. Cada palabra que uso tiene intención, contexto y consecuencia.
Digo que la educación se ha confundido con trámite,
que el mérito se ha diluido en discursos cómodos
y que enseñar sin exigir es otra forma de abandono.
Digo que emprender no es romantizar el cansancio,
sino asumir riesgos con responsabilidad, ética y estructura.
Que el éxito sin conciencia es ruido,
y que el fracaso sin reflexión es desperdicio.
Digo que la disciplina es una forma de amor propio,
y que la libertad no se hereda: se construye.
Digo que no todo es opinable,
que hay realidades que exigen postura
y que la neutralidad, muchas veces, favorece al más fuerte.
Lo que digo nace de la experiencia,
se sostiene con pensamiento
y se asume con nombre y apellido.
Si algo de lo que digo incomoda,
tal vez era necesario decirlo.
Eso digo.
