Creo en el trabajo bien hecho, aunque no siempre sea visible.
En la disciplina que no se presume y en el proceso que se sostiene cuando nadie está mirando.
Creo que el conocimiento sin aplicación se vuelve soberbia,
y que la experiencia sin reflexión se queda corta.
Creo en la educación como acto de responsabilidad, no como trámite.
En el aula como espacio de pensamiento, no de obediencia ciega ni simulación.
Creo que las organizaciones deben servir a las personas que las construyen,
no al revés.
Que el liderazgo se demuestra en las decisiones difíciles, no en los discursos.
Creo en la palabra dicha con cuidado,
porque lo que se nombra se transforma,
y lo que se calla se pudre.
Creo en la coherencia entre lo que se dice y lo que se hace,
aunque eso implique renunciar a atajos, aplausos o comodidad.
No creo en fórmulas milagro.
No creo en el éxito vacío.
No creo en la neutralidad cuando hay injusticia.
Creo en la honestidad intelectual.
En la crítica con fundamento.
En la humanidad antes que el personaje.
Desde ahí pienso.
Desde ahí trabajo.
Desde ahí escribo.
